La industria automotriz argentina enfrenta una tormenta perfecta que amenaza con reconfigurar de manera irreversible su entramado fabril. El anuncio de que Japón y el Mercosur avanzan de forma decidida hacia un Acuerdo de Asociación Económica (AAE) encendió alarmas en el sector. La iniciativa, impulsada con vigor por la primera ministra nipona, Sanae Takaichi, contempla como eje la drástica reducción parcial o total del arancel del 35 por ciento que actualmente grava la importación de vehículos desde extra-zona.
El proceso formal de negociación se oficializará a mediados de junio en Francia, durante la cumbre del G7, donde Takaichi mantendrá un encuentro bilateral con el presidente brasileño, Lula da Silva. El foco también está puesto en las exportaciones de energía.
Para el ecosistema automotor local, esta apertura llega en un mal escenario. Según los últimos datos de la Asociación de Fábricas de Automotores (ADEFA), la producción nacional de vehículos acumuló un deterioro del 18 por ciento en comparación con el primer cuatrimestre de 2025, año que también fue recesivo para la industria. Esta contracción del volumen manufacturado refleja no solo la retracción de la demanda en mercados de exportación clave, sino también una severa debilidad del mercado interno.
Las terminales radicadas en el país operan con una capacidad ociosa creciente, lo que presiona fuertemente sobre la cadena de proveedores y autopartistas locales, que ya registran caídas de actividad cercana a los dos dígitos.
El impacto de una eventual ola de importaciones japonesas sin barreras aduaneras operaría, además, sobre un mercado ya fuertemente condicionado por la penetración de vehículos importados de China. En los últimos meses, las marcas del gigante asiático consolidaron un auge inédito en su participación dentro de los patentamientos locales.
De este modo, las unidades fabricadas en Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires se verían acorraladas tanto por la oferta china que satura los “segmentos de entrada” (modelos más accesibles o de gama inicial) y SUVs medianas; como por el virtual desembarco a precios ultra competitivos de vehículos de origen japonési.
Hasta octubre de 2025, Honda producía la pickup mediana Frontier en la fábrica Santa Isabel, en Córdoba, compartiendo estructura con Renault. Sin embargo, debido a un plan de reestructuración global y optimización logística, Nissan decidió finalizar su ciclo como fabricante local y mudar toda la producción de pickups de la región a su planta de México, pasando a operar en Argentina únicamente como importador y distribuidor.
Toyota es el jugador más fuerte del sector automotor en el país con su planta localizada en Zárate, en Buenos Aires. Los modelos que fabrica son la pickup Hilux y el SUV SW4, y sumó recientemente a su línea el utilitario Hiace. También están en el proceso de elaboración de prototipos para la fabricación de variantes eléctricas e híbridas en los próximos años, proyecto que podría detenerse ante la competencia externa.
En el caso de Honda, en su planta de Campana, Buenos Aires, la firma produjo el SUV compacto HR-V hasta el año 2020. A partir de ese momento, canceló la producción de autos en Argentina para centrarse en la fabricación exclusiva de motocicletas y, recientemente, ensamblaje de cuatriciclos.
Estos procesos de reconversión productiva tuvieron un fuerte impacto sobre el empleo industrial: en el caso de Nissan-Renault se registraron alrededor de 300 retiros voluntarios, mientras que en Honda la reducción alcanzó entre 400 y 500 trabajadores entre operarios y personal administrativo. La posible entrada de vehículos japoneses con aranceles reducidos o nulos podría profundizar la reconversión y generar nuevas pérdidas de empleo en estas multinacionales.
Demanda energética
La premura de Japón por cerrar el tratado con el Mercosur responde a urgencias geopolíticas y energéticas propias. Debido al cierre del estratégico estrecho de Ormuz por la escalada bélica entre Estados Unidos e Israel contra Irán, Tokio —que importa el 90 por ciento de su crudo de Oriente Medio— necesita diversificar sus proveedores y mira a Brasil como un socio petrolero estratégico. Asimismo, el archipiélago busca asegurarse el suministro de minerales críticos y tierras raras de la región para recortar su dependencia de China.
En este ajedrez global, los automóviles japoneses son la principal moneda de cambio que el país asiático ofrece para derribar las protecciones aduaneras del Mercosur, replicando los esquemas ya firmados con la Unión Europea —donde los aranceles se redujeron a la mitad este mes y desaparecerán en ocho años— y con Estados Unidos.
El riesgo latente para Argentina radica en la asimetría estructural de competitividad. Mientras los países centrales avanzan en la reducción de aranceles para colocar sus excedentes industriales, las fábricas nacionales sufren el embate de capacidades difíciles de emular y la pérdida de empleo.
Hoy Japón no es un socio relevante para el comercio de Argentina, explicó el 0,3 por ciento del total de las exportaciones en el primer cuatrimestre de 2026 y el 2,2 por ciento de las importaciones. Pero si las negociaciones para la firma de un acuerdo comercial con el Mercosur avanzan, sin salvaguardas estrictas ni cupos que protejan a las terminales locales, la flexibilización arancelaria podría transformarse en el certificado de defunción para varios proyectos de producción nacional, profundizando la reprimarización de la economía y transformando a la histórica matriz industrial automotriz en una mera red de plataformas de importación y distribución comercial.